| Libertad de expresión en democracias por reconstruir
Rosa María Alfaro Moreno
“Felizmente en la diversidad y la paradoja de nuestro planeta y nuestro tiempo hay espacio para muy buenos periódicos, emisoras de radio y programas de televisión. El periodista consciente de su labor enfrenta una competencia dramáticamente más grande que antes, es cierto; pero creo -y defiendo este punto con energía este punto de vista- que un hombre ambicioso y esforzado, capaz de tratar a los otros como sus amigos y no como sus enemigos, puede desarrollarse y conocer el éxito”
Riszard Kapusinski [1]
Relevancia del periodismo y la libertad de expresión en la sociedad
Es tiempo de preguntarnos ¿por qué en todos los continentes crecen tantas agresiones a periodistas y medios en el campo informativo y de opinión? Si bien hay diferentes grados y modos de lesionar la libertad de expresión, podríamos hablar hoy de una tendencia casi universal a transgredirla [2] . Censura y autocensura se siguen manteniendo, como hábitos de defensa de distintos poderes para ocultar culpabilidades políticas y relaciones de corrupción. Incluso hay Estados que niegan el acceso del periodismo a la información. Los secretos oficiales se mantienen ocultos, negándose a ser fuentes continuas de información [3] . El periodismo vive trabas para ejercer su función y cambia su ruta. La información resulta un peligro real para la política pues la desviste y evidencia. Más aún en estas épocas de estados débiles e ineficientes, con gobiernos que concentran poder, escondiéndose en el silencio informativo y el exceso publicitario. Nuevos intereses económicos ilegales pesan demasiado que requieren del secreto para seguir viviendo.
¿Por qué la libertad de expresión es cotidianamente amenazada? ¿Qué significa que exista tanta intolerancia ante críticas, denuncias o posiciones diferentes? ¿Qué está detrás de la aparición de tantas leyes reguladoras de distinto tipo? ¿Por qué aparecen observatorios y veedurías u organizaciones de consumidores de manera vertiginosa para interactuar con la oferta mediática? Algo está ocurriendo, más serio que una confrontación bipolar en alza. La democracia, si bien está en su mejor momento de formalización, sin embargo su consistencia es engañosa, oficia más de tarjeta de presentación sin ser una realidad construida. Se instaló en ella la lógica antagonista que elimina al contrincante. En ese sentido, periodismo e información son amenazas. El sueño de una sociedad homogénea reaparece condenando la pluralidad pues no se puede convivir con ella [4] . Es evidente que nuestras sociedades no se sustentan en culturas democráticas sino en máscaras electorales y poderes relativamente diferenciados. La ciudadanía es renombrada como “pueblo” sometiéndose a caudillos. Vuelve a legitimarse el populismo, sea de izquierda o derecha [5] , que no soporta ni puede convivir con libertad. Por lo tanto, el problema no se explica sólo por una animadversión a la libertad de expresión. Su raíz está en la sociedad misma y sus contradicciones. De allí que ayudar a cambiar la sociedad sea para el periodismo una nueva responsabilidad.
La relación entre política y medios de comunicación es hoy más importante que antes, tanto que autoridades y políticos gobiernan para su aparición en medios, promoviéndose, atacando o defendiéndose. Existen comunicadores que pasan del medio a ser congresistas, alcaldes o funcionarios. En ese sentido, el periodismo independiente incomoda, pues suele ser autónomo y crítico. Se suele valorar más la opinión con datos simplistas anexados, que la propia solidez informativa y su interpretación. Se devalúa lo que suene a investigación. Muchos ciudadanos buscan más opinión que información, pues los climas emotivos calzan mejor con lo que buscan: ubicarse. De allí la relevancia televisiva. Estamos ante un mundo altamente conflictivo y difícil de comprender, pero en constante movimiento y contraposición. Ejercer el periodismo en ese escenario lo coloca en un trance permanente de riesgo en sociedades cada vez más beligerantes. Requerimos hacer un esfuerzo para entender de qué está hecho este malestar.
Esta continua puesta en escena de agresiones, cuestionamientos y censuras al periodismo tiene como protagonistas a gobernantes y políticos; militares y policías; paramilitares; guerrilleros; mafias conectadas al narcotráfico; bandas criminales y centros de corrupción política; grupos en guerra religiosa; gobiernos o bandos en guerra; entre otras. Es decir, viejos y nuevos poderes públicos o secretos se sienten puestos en evidencia y en peligro de ser descubiertos, por ello buscan intimidar al periodismo. Se protegen desde la dación de leyes o normas vinculadas a censuras o a agresiones directas, como amenazas, supresiones de licencias, persecuciones y asesinatos. Esa luz mediática de la expresión que visibiliza la información coloca a estos poderes al borde del abismo, a punto de perder su señorío gracias a la libertad de expresión.
Pero también hay descontento en la ciudadanía sobre la oferta mediática. Incluso, un sector significativo demanda regulación y explica los problemas existentes en cada país por abusos de libertad de expresión. Periodistas y medios son temidos o idealizados en tanto generan nexos con la opinión pública e influyen en poderes políticos, incluido el Judicial. Se teme al periodista como vigilante peligroso, posible acusador o palanca útil para cuestionar al ciudadano. O se sospecha del poder que adquiere. La prensa escrita decrece lentamente en lectoría; el entretenimiento es cada vez más significativo en lo audiovisual; los noticieros televisivos son shows policiales que no ayudan a ubicarse y sin embargo son cada vez más consumidos; Internet, es un espacio privilegiado para compartir intereses personales y de grupos que se conectan en red. Pero al mismo tiempo, se valora aquellos con sentido ético pues no serán corrompidos. El mismo periodismo está y es un territorio de conflictos, siempre en movimiento y en peligro de corrupción. Constituye un nuevo poder en crecimiento al caminar por los oscuros pasadizos de cada sociedad. Estamos ante un sector vulnerable, posible ojo de un huracán impredecible. Se reconoce poco su lucha por la libertad, en la medida que ésta no constituye aún en un valor de la sociedad. Hay algo de fondo que no funciona en esa relación entre mediación [6] periodística y la misma sociedad.
El fracaso creciente de los partidos políticos, el débil liderazgo de gobiernos ante el crecimiento de ese mercado global que se desentiende del desarrollo con equidad, la fragmentación social, entre otros fenómenos contemporáneos, se sostienen o mantienen gracias a una visión democrática irresponsable. La política se ha vaciado de contenidos y dirección, ha fracasado. En esos huecos que dejó el poder es que se recolocan populismos mediáticos, poniendo en jaque al periodismo libre. Si bien debemos defenderla, hace falta reconocer sus fallas para superarlas, admitiendo críticas que permitan aprendizajes. Es indispensable que el periodismo se evalúe a sí mismo con frecuencia. Se trataría no sólo de defender la libertad de expresión periodística en sí, sino como valor inserto en culturas ciudadanas y su organización institucional. Articular su defensa y generar valoración en sus lectores, oyentes y televidentes, al mismo tiempo es un reto. Se debe legitimarla como principio central de toda sociedad democrática.
Libertad de expresión y crisis democrática en sociedades rotas
Es evidente, entonces que la libertad de expresión y el periodismo no se sustentan en sí mismos. Se explican en una definición democrática y ética de la sociedad, organizada en una línea integradora. Por ello, no estamos frente a un derecho humano excluyente y con vida propia, desde el cual miramos el mundo y lo juzgamos. Estamos ante un derecho ciudadano de todos, no sólo del periodista. La sociedad necesita de la libertad de expresión para posibilitar su desarrollo democrático. Cuando la situación es totalitaria o dictatorial, más bien se presiona desde la sociedad para que esa libertad exista y se respete como práctica cotidiana, debiendo ser el periodismo un aliado principal. La cultura política de muchos no la asimilaron, incluso sus prácticas la niegan. Además existe una confusión entre libertad de expresión y libertad de empresa, quizá porque muchos periodistas han seguido una ruta poco independiente con respecto a sus contratantes. No es percibida como diferente al puro interés económico, social o político partidario. Esa libertad también se juega dentro del medio.
Es importante aclarar, en ese sentido, que las comprensiones contemporáneas sobre el mundo se sustentan en nuevas creaciones o aspiraciones humanas alimentadas de experiencias históricas. En ese camino, debemos recuperar del socialismo la idea de justicia y equidad; y del liberalismo el respeto por la libertad individual y colectiva [7] . Antes, estos énfasis o principios se manejaban de manera confrontativa. Hoy se erigen como dos columnas de principios claves que demandan integrarse influyéndose mutuamente en mentes y sensibilidades, reorganizando nuestra perspectiva de sociedad. Ambas debieran sostenerse hoy en un solo edificio social y político llamado democracia, a construir de a pocos. La libertad de expresión debiera ser un vínculo entre estos dos principios inseparables y redefinir el concepto de democracia formal que manejamos. Así la libertad de expresión se enriquece siendo más incluyente al relacionarse con la justicia. Ambos principios unidos recolocan su sentido humano y universal. No es posible una libertad plena cuando cunde tanta pobreza, injusticia y dolor humano. No puede ejercerse sin a la vez ayudar a construir sociedad. La libertad de expresión debe conmover algún día a los pobres y a quienes no la poseen. Habremos avanzado.
Muchos asocian democracia a desorden y buen gobierno a orden vertical. Se estancaron en la democracia formal. Nuestras culturas políticas indigentes no nos permiten aceptar que la democracia siempre será desordenada y está bien que así lo sea porque evidencia públicamente los conflictos, los hace visibles y explica. Mientras que las dictaduras los ocultan bajo el secreto, la protección del líder y el orden vertical. La pluralidad no es enfrentamiento entre enemigos que se eliminan, más bien es diálogo y debate entre diversas tendencias. El antagonismo no respeta pluralidad alguna, ni legitima conflictos y diferencias (Mouffé 2,000 39-39 [8] ). Los gobiernos vienen actuando de manera totalitaria en muchas partes del mundo. De allí que no hayamos podido construir cultura deliberativa y pluralista universal. No hemos aprendido a delimitar temas álgidos y discutirlos, sabiéndonos escucharnos unos a otros.
La fragmentación en nuestras sociedades es otra debilidad evidente. A pesar de tanta comunicación instrumental de fácil acceso, estamos desconectados entre sí, siendo los vínculos entre ciudadanos y grupos cada vez más débiles o inexistentes. Ello implica que “las personas requieren de un imaginario del Nosotros para llegar a experimentar los procesos de cambio como el resultado de su propia acción (…), insertas en procesos de cambios acelerados que no controlan, las personas dan señales de desafección, porque no sienten dichos cambios como algo suyo” (Lechner 2002, 110-111 [9] ). El otro es aún visto como posible agresor. Hemos perdido el sentido de comunidad y no gestamos vínculos entre unos y otros. Cada persona es un micro mundo egocéntrico y hasta narcisista. Estamos ante fenómenos altamente preocupantes que nos envuelven como: desigualdades y discriminación; corrupción; ineficiencia del Estado; desconocimiento sobre responsabilidades empresariales, estatales y de la sociedad civil; la política se ha vaciado de su sentido social a favor del crecimiento persuasivo y de imagen. La incertidumbre y los miedos que nos rodean crean climas de inseguridad. Es decir, los conflictos y desafíos éticos están en la sociedad. Sin embargo, hay un sentimiento colectivo de apostar por un cambio que aún es nebuloso. Se percibe ganas de construir sociedades en movimiento, ya probadas en procesos migratorios, explosiones de protesta, solidaridad en momentos específicos. Podemos observar empresas que dialogan con sus trabajadores, organizaciones sociales e individuos emprendedores que surgen del ámbito popular y transforman territorios, hasta la economía. Estamos en un terreno contradictorio de avances y estancamientos. El reto estaría en cómo conjugar estos aspectos aparentemente contradictorios para promocionar transformaciones requeridas por la humanidad. Los periodistas deberíamos ser también buscadores de esperanza.
Defensa de la libertad de expresión periodística en avance global
Cada vez es más difícil mantener gremios de periodistas locales o nacionales, menos aún en cada medio. El compromiso del periodista como un trabajador de empresa se desvió en la medida que la identidad profesional reemplazó la sindical, a la par que los contratos individuales vienen primando en tanto compromisos personales. Más aún, el quehacer periodístico se parece más al de caminante o emigrante que transita de medio a medio y de país a país, incluso recorre continentes. Igual de sección a sección y de noticia a noticia, haciendo camino al andar. Es un errante informativo que estando en medios no se siente perteneciente a él. Tal ubicuidad lo ha llevado a ser periodista del mundo, entonces lo que realmente importa es no dejar la profesión ni abandonar la información. De allí que lo más cercano a ese caminante sea la red, el contacto amigo, la conexión con otros periodistas afines y a esa solidaridad que va más allá de fronteras de cualquier tipo. Es la profesión la que construye vínculos, pues cada agresión sufrida en el mundo sirve para fortalecer cadenas múltiples de autoprotección del periodista y con él de la libertad de expresión, en la medida que el ejercicio de la misma es lo que los llevó a ser frágiles frente a poderosos, mafias y autoritarios. La democracia se la vive dentro, no es un poder formal sino una mística que une. Ello ha permitido la gestación de grandes redes y movimientos más amplios que un medio o un país o localidad. IFEX es una prueba de ello. También hay otras como Periodistas sin Fronteras, AMARC, entre otras a nivel mundial. En los continentes surgen otras cadenas expansivas a favor de la libertad y con ella la democracia. Notamos un crecimiento vertiginoso de carácter profesional pero ligado a la defensa de esa libertad de expresión que es el bumerang que pone en riesgo su propia vida y libertad. Las ideologías pesan menos que en otras profesiones, dando amplitud de pensamiento y valentía. El piso movedizo desde donde el periodismo actúa, lo hace rotar hacia su profesión misma como mecanismo de seguridad. Sin embargo, está el peligro que se fortalezcan a sí mismos sin establecer compromisos con los demás.
Ese liderazgo construido sobre su propia libertad de expresión no siempre se extiende o contagia a otros sectores y profesiones aún. Ni expresa con fuerza sus sentidos éticos más amplios. Espacios como el que IFEX brinda sirve para afirmar principios y estrategias necesarias. Pero también debiera ser un espacio de reflexión sobre la sociedad que se busca y el modo de enriquecerla con democracia. Es estratégico hablar de aprendizajes pero también de fallas para recomendar formas de superación de las mismas. La autorregulación en los pocos sitios que se ejerce con sentido democrático nos ayuda a ver otros lugares que requerirían de un periodismo valiente y pensativo que se proyecta a la sociedad con sentido estratégico.
Desconexión entre periodistas y ciudadanos: Hacia un periodismo comunicativo
Llama la atención esa pugna constante entre comunicadores y periodistas, como si un énfasis eliminara al otro. Hasta se desprecian, debiendo necesitarse para redefinir encuentros. De allí que instituciones y gobiernos tengan dos oficinas, una de prensa otra de comunicación (imagen), sin conexión. En esa línea va también la diferenciación entre información y entretenimiento, más aún hoy cuando crece el periodismo farandulero. Tal distanciamiento profesional evidencia que para informar al periodista parece no importarle a quien se dirige y para qué sirve. Y los comunicadores asociados al marketing parten de la gente pero sólo para persuadirla de comprar un producto sea comercial o político. Al periodismo le falta comunicación y ésta última requiere de información sustentada. Desde mi perspectiva tanto periodistas como comunicadores se deben a sus ciudadanos. La comprensión y conocimiento del público compete a ambas definiciones profesionales. Hace falta recoger demandas ciudadanas de información. Brindarla de manera atractiva y útil a la construcción de ciudadanía. Más bien la perspectiva publicista sí debiera ubicarse en otro lugar específico en ese lenguaje con fin de negocio. Por ello, algunos periódicos separan tajantemente lo comercial de lo periodístico, sin influirse. Comunicación y periodismo son categorías integradoras que superan esas separaciones nocivas.
La libertad de expresión es un compromiso ético con quienes reciben y buscan información, dándoles la posibilidad de cuestionar al medio. Pocos toman en cuenta los cuestionamientos de sus públicos. No reconocen sus demandas e intereses informativos o de opinión. Ni tampoco los motiva ayudar a que se desarrollen como ciudadanos en búsqueda de una sociedad con democracia. En diversas encuestas y consultas a periodistas notamos que se apuesta a la noticia en sí, sin preocuparse por lo que el lector, televidente, oyente y cibernauta hace con ella. Se escribe para anunciar sucesos no para ser analizados y comprendidos por otros. El diálogo con lectores y audiencias sirven para crear un clima de tolerancia y diálogo. Puede ser un estímulo al aprendizaje y mejoramiento profesional.
Pero estar cerca de los públicos ciudadanos no es ser sus protectores, como a veces ocurre en ciertos medios alternativos. Con ellos debe establecerse más bien una conversación permanente de intercambio que admite convocatorias a reflexiones e interpelaciones para generar debate. Debe reconocerse carencias, debilidades y defectos de sus públicos, sin olvidar que son ciudadanos y no cifras válidas para vender productos específicos. Se les incentiva muy poco a aprender y mejorar, más bien se los piensa como objetos estancados a quienes darles “lo que les gusta”. El público no tiene voz que reclame, menos que proponga y cree, ni siquiera que responda más allá de lo que una pantalla permite. Son sujetos de otra orilla, están inmóviles. Los ciudadanos no deben ser vistos como objetos de persuasión o reduciéndolos al acuerdo/desacuerdo simplista de las encuestas o los “ratings”. Son sujetos y no efectos. Hay que recordar, por ejemplo, que “Los ciudadanos tienden a ignorar o despreciar las opciones contrarias, y sólo suscriben las que coinciden con ellos. Así pueden surgir patologías sociales como la anomia (alienación con respecto a la sociedad) trufada de magias, redes caciquiles, sectas o terrorismos subversivos” (Sanpedro 2000, 45 [10] ). O acumulan emociones de furia que no pueden procesar bien (Alfaro 2003, 37-74 [11] ) sin tener que encasillarse en una exclusiva respuesta. Debemos promover actores gestores de opinión pública. El periodista debe aprender a interpretarlos y mejorar así sus sustentos informativos y de argumentación.
Es evidente que el periodista escribe, lee o improvisa y produce información en torno a sucesos del momento. Los modos de producción cotidianos inhiben producir mejor información. Hay quienes desarrollan opiniones e interpretaciones utilizando lo que saben o han investigado, que son los menos, sobretodo en televisión. Pero, raras veces el referente periodístico es el público como tal, tanto en sus demandas como en la consideración de sus sensibilidades o admitiendo ser fuente de información. Es curioso que muchos periodistas centren su éxito en que el público los admire, pero no en mejorar su capital informativo. Rara vez se considera esas necesidades de aprender. No se les trata como actores de sociedades democráticas, más bien se les relega al rol de víctima que suplica conmiseración. Se relaciona más con el poder que con el ciudadano.
La televisión hizo más cercana la relación entre información y entretenimiento. Los formatos y géneros antes independientes o provenientes del cine y la radio migraron hacia la información. Cuando preguntamos a sus públicos sobre mejores y peores programas como también sobre buenos conductores del entretenimiento televisivo, nombran también a locutores de noticias y a reporteros famosos. El toque farandulero ha ingresado legitimando un estilo que se trasladó a noticieros. Se descuida al público como ciudadanos en proceso de crecimiento. La lejanía entre periodismo y ciudadanía existe, pesa más el rating que la libertad de expresión y su calidad.
Estaríamos frente a dos retos, uno supone una mejor articulación entre comunicadores y periodistas. Otro el acercamiento de medios y periodistas al sujeto público para legitimarlo en su ciudadanía y crezca en importancia en la sociedad. Pero especialmente a considerarlos como sus interlocutores. En ese sentido son interesantes las experiencias del “ombudsman” de medios.
El periodista: un arquitecto de lo público
La vieja dicotomía entre esfera pública y privada como estancos diferenciados, con primacía del primer espacio sobre el segundo, se viene disolviendo de manera confusa en la experiencia democrática y mediática del presente. Problemas y estilos de vida de nuestras sociedades al adquirir visibilidad pública e importancia política, definen un nuevo campo temático y estético que crece y se confronta entre lo que es de todos y el mundo personal. Entonces, lo privado se hace público cuando emerge como problemática social (Ferry 1995 [12] ).-que antes operaba de forma aislada-, haciendo interactuar ambos espacios, enredándolos, más aún hoy ante la relevancia que adquieren los medios masivos y las nuevas tecnologías virtuales/digitales. Se crea así ubicaciones diversas del yo y del nosotros en ambos espacios. Innovación positiva pero peligrosa, dada su capacidad invasora del mundo subjetivo de los públicos. Las narrativas audiovisuales, como eje organizativo de la oferta, están hechas de mezclas que se expresan en distintos géneros y formatos. Habermas reitera que este fenómeno origina la “tendencia al ensamblamiento de esfera pública y ámbito privado” (Habermas 1986: 172) y a la vez sugiere “como la actividad del ocio da la clave desde la pseudoprivacidad de la nueva esfera, de la desintimización de la llamada intimidad” (Habermas 1986: 188 [13] ). Desde el hogar se ve al mundo y al “sí mismo” en él. Lo público involucra a lo privado desde representaciones de lo que se vive y se estimula como interés personal y grupal. El mirar el todo desde el hogar y la intimidad se convierte en una praxis de satisfación/admiración, más fuerte que exigir calidad de lo que se oferta en ambos niveles. Lo íntimo, materia de muchos géneros y formatos, se hace visible desde la ficción. De allí que entre lo informativo y el entretenimiento no haya tanta separación, hoy. Muchas personas señalan que ver noticieros es una práctica de relajación personal y familiar cotidiana. Por ello, ese mundo privado fácilmente se convierte en espacio de construcción de opinión política que define procesos electorales o movilizaciones de protesta, al mismo tiempo que ayuda a trabajar la perspectiva ética o anti-ética frente el Estado. El ciudadano se nutre de lógicas diversas que confrontan lo que se VE con lo que se vive. Está relativamente capacitado para analizar, opinar y sugerir cambios en los medios.
Cuando la gente participa en noticias ya sabe cómo ubicarse, desde el único lugar que se les otorga, es decir desde su condición de víctima que puede recibir ayuda. También ocurre a la inversa cuando el espectáculo de las vidas privadas de gobernantes se convierte en escándalo público, ello va definiendo posiciones políticas. Pero especialmente sucede cuando los problemas individuales o familiares y de la convivencia cotidiana entre sujetos, hace resaltar problemas colectivos que afectan a muchos en estos reinos actuales de la desigualdad social y cultural. Estos originan polémica privada sobre temas, personajes e instituciones públicas. Así la responsabilidad ética del periodismo crece y el cuidado se hace más necesario.
Al periodismo no se le percibe aún como gestor relevante de una esfera pública democrática [14] . No se le siente comprometido en acumular capacidades para crear una cultura deliberativa, nuevo indicador de democracia. Al parecer crear vínculos entre los miembros de una sociedad no fuera parte de su oficio, basta con informar. Ese distanciamiento frente a lo público, ha llevado a devaluar su rol promotor en procesos de democratización. Ciertamente no se trata de enseñar, pero sí de generar debate, de evidenciar interrogantes que provoquen pensar, confrontar puntos de vista, ligar información y opinión como dos aspectos dependientes el uno del otro. También es develar lo que los poderes hacen para colocarlos en discusión pública. Ser y estar en los medios tiene como responsabilidad que la sociedad y sus miembros se desarrollen y convivan mejor. Se requiere de construcciones de temas e intereses públicos, a partir de diferencias. Supone una apertura a la pluralidad existente, respetándola, buscando algunos consensos con respecto al cambio social y la resolución de conflictos.
La construcción de lo público, es por lo tanto un reto periodístico permanente y un desafío para los medios. La conexión entre esfera pública, periodistas, políticos y encuestadores, debe conectarse con problemáticas sociales y participación ciudadana de calidad. La esfera privada crece pero no la pública, esa que es de todos y no depende de lo gubernamental. Lo deliberativo cuestiona proteccionismos hacia el público. Para ello necesitamos otro tipo de información y otros modos de producirla. Si se trata de una lista de eventos que se reparte con tiempo medido no a va ser posible deliberación alguna, hace falta otros ritmos y estilos que puedan generar motivaciones para jalar al público (los temas de la gente) y para organizar informaciones y opiniones diversas para poder exponerlas o confrontarlas armando el grueso de una discusión con acuerdos posibles. Se requiere de información y tiempo para leer. También organizar datos e interpretaciones de conflictos posibles. Desarrollar capacidades para el debate. Operar en base a prevención. Ese periodismo deliberativo está por crearse, con creatividad y democracia. Es un proceso que supone mucho más de lo que somos hoy. Y ya admitirlo es un buen camino [15] .
Los atentados contra esta gestación deliberativa crecen porque tanto dictaduras y regímenes populistas, la corrupción u otros fenómenos de excesiva concentración del poder, económico y político, la pondrán siempre en dificultades. No les interesa un espacio independiente y autónomo de agenda y opinión ciudadanas. Se dice que es imposible que ésta exista limpiamente en ese contexto. No sería ético defender nuestra libertad de expresión sin defender la de los demás y cuestionar a los que impiden su desarrollo. La libertad debiera ser amada individual y colectivamente, defendiéndola para generar acuerdos o desacuerdos explícitos. La pelea es válida pero no la agresión, tampoco la eliminación del contrincante. Todos necesitamos aprender a escuchar y retomar lo que se dice. La representación de los elegidos aún pesa más que la participación ciudadana. Todavía autoridades y cargos son los que valen. La forja de una esfera pública es un compromiso periodístico.
Parte del reto responsable de construir intereses, temas, espacios y estilos deliberativos públicos supone un buen sistema de autorregulación de medios y periodistas. Se ha confrontado excesivamente “regular y autorregular” como rutas contradictorias. Si regular se entiende como grandes principios y compromisos con la sociedad está bien que ésta exista, pues no censura ni hay mandato. En mi país conseguimos una ley abierta y comprensiva como base de aquella otra que es la de autorregulación. Hoy estamos trabajando códigos participativos de ética en medios [16] , entendiéndolos como resultado de un pacto ético social interno, fruto de una discusión confrontada con la opinión y evaluación de sus públicos. De esa manera, se conecta responsabilidad ética y comunicativa en la gesta de vínculos nacionales e internacionales, hacia sociedades más articuladas y equitativas.
Observatorios y veedurías en tiempos de diálogo constructivo
Tanto el periodismo como la ciudadanía centran su compromiso con los medios desde una observación de lo que ocurre en su localidad-mundo. “Ver” se ha convertido en un ejercicio de participación expectante para los ciudadanos, que a la vez es una forma importante de inserción sociocultural desde el mirar, escuchar, leer, interpretar, pues se está allí. Pero, esta definición simplista de contemplar para ubicarse, nos lleva a construir otro “Ver” participativo y visible, comprensivo de la profesión periodística. Se trata de buscar lo que hay detrás o lo que explica qué estamos mirando. En ese sentido, amplía la mirada ciudadana. Estamos ante una relación activa entre públicos y periodistas desde ese ver, analizar e interpretar. Al periodista le toca dar la información necesaria para tal ejercicio. A este fenómeno compartido del VER, se añade otro, en los últimos diez años, que busca observar resultados de ambas miradas, tanto las que el periodismo presenta dentro de su ejercicio profesional, como las del publico de medios. Se trata de vincular periodistas, sociedad civil y ciudadanos, buscando transformaciones democráticas.
“Mientras la política se descentra, las comunicaciones se convierten en uno de los polos de atracción de la vida social” (Rey 2005, 25 [17] ) y son el gran referente para la sociedad. Mientras que la representación política entra en crisis, la mediática está a la orden del día. La gobernabilidad pasa por los medios. Las fuentes de información en casi su totalidad suelen ser estatales, más en unos países que en otros. Ha crecido la concentración de medios. Poder político, económico y mediático están interrelacionados. Medios y periodistas pueden perder el equilibrio y el sentido de libertad, necesitan de un contrapeso. Pero podemos aprovechar estos movimientos como el IFEX para gestar esas nuevas alianzas que se sugieren. “El periodista es un adelantado de la libertad” (Cisneros 2007) [18] , pero puede perderse en ella. En los regímenes democráticos formales o incipientes entra siempre en conflicto. De allí que esa libertad sea defendida por diversos actores y no sólo por periodistas. Por ello no es pura causalidad que estas observaciones hayan aparecido en diversos continentes.
A fines de los noventa, estos observatorios se definían en una perspectiva crítica radical. Pero los tiempos cambiaron y las prácticas implementadas permitieron mutaciones que construyeron respeto por la libertad de expresión. Estos pasan no sólo por ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil sino también involucran a periodistas y facultades de periodismo y comunicación. Hoy se ha formado una Red Latinoamericana de Observatorios de Medios, algunos de universidades, otros de periodistas y también de Ongs. Y se perfila no sólo para vigilar sino para ayudar a reconstruir nuestras débiles y hasta contradictorias democracias.
Veedurías y observatorios de medios se ubican en esa interacción ya dada entre lo público y lo privado desde los medios de comunicación. Se analiza mediaciones o intermediaciones que se van construyendo. En unos casos confrontando ambos niveles, en otros sólo desde el lugar de la emisión. Y se trata no sólo de mirar sino de mirar-se. Es un cambio en la manera de observar. No basta con sorprenderse o deleitarse, hace falta ver hacia donde se va. Se reconoce la importancia del ver, para poder pensar cómo mejorar los medios. Estaríamos ante la evidencia de un cierto optimismo sobre el lugar simbólico de un nuevo enunciador, el público, en cuanto al poder que puede adquirir cuando proponga y exija cambios. Por ello esta propuesta se sitúa en la búsqueda de ese lugar que convierta al ciudadano en sujeto responsable del ver.
Ver u observar es también comprobar-nos. Significa aprender. Por pantallas pasan y repasan discursos e interpretaciones sobre la vida, la sociedad y el poder, que no siempre se sabe descubrirlos. Porque VER para CAMBIAR habla de una crítica a la sociedad. “Entonces, la televisión tiene bastante menos de instrumento de ocio y diversión que de escenario cotidiano de las más secretas perversiones de lo social, y también de la constitución de imaginarios colectivos desde lo que las gentes se reconocen y representan lo que tienen derecho a esperar y desear”. (Martin Barbero Jesús, Rey Germán 1999, 17 [19] ). Por ello el ojo crítico es el que vale, especialmente cuando al analizar e interpretar no sólo descubre lo que los medios sostienen sino lo que su propia satisfacción enuncia. El sujeto es apelado para construir una posición de juez de lo público, que analiza, sueña y propone. Entre ciudadanos y periodistas es posible constituir otra ruta mediática que los complemente y ayude de manera constructiva. Periodistas, observadores y veedores podemos trabajar juntos por una sociedad democrática.
FERRY Jeas Marc, en “Las transformaciones de la publicidad política”, en “El Nuevo Espacio Público” Editorial Gedisa, Colección “El mamífero Parlante”. Segunda edición. Barcelona 1995.
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