| Por una competencia empresarial que dispute calidad:
El “rating” y el desterrado marco legal
Por: Rosa María Alfaro Moreno
La competencia entre medios audiovisuales teniendo como referencia la calidad de lo que éstos ofrecen y su aceptación por la población, casi no existe en el país. A los canales y emisoras se les otorga concesiones para usar frecuencias del espectro radioeléctrico que nos pertenece a todos, sin valorar su propuesta comunicativa en relación a sí misma y frente al público que la recibe. Incluso, se renueva automáticamente la licencia para operar, aunque la programación sea condenada por la población y sea deleznable en su formulación. La mediocridad de la oferta es un estándar aceptado por el mercado comunicacional, hay quienes hasta felicitan esa debilidad, pues sería la identidad propia de este tipo de medios. Así, la calidad exigida legalmente y en principio sería sólo técnica y económica. La carencia de concursos públicos exigentes es otra deficiencia. Ese vacío en lo competitivo ha sido paulatinamente inundado por una grave deformación que crece día a día, sin límite. Pues la pugna que transcurre en nuestros tiempos está organizada mas bien alrededor de quién presenta más escándalo, más sangre y violencia, más chismes, cuerpos desnudos y emociones relacionadas con el miedo, el deseo reprimido y la violencia. La sintonía, aunque la gente no esté satisfecha con la oferta ni le signifique una mayor comprensión de la verdad, tiene un valor absoluto. De allí se induce que para los medios los peruanos somos morbosos, ignorantes y de muy bajo nivel moral, nos contentamos con el espectáculo por malo que sea. Sin embargo, todo el mundo se queja de la televisión, de la prensa chicha y de algunas emisoras de radio [1] Por esa razón, entre otras, no se ha desarrollado en el país una industria cultural eficiente como en Brasil u otros países, porque no hay exigencia alguna de calidad y por lo tanto la competencia parece centrarse no en lo mejor sino en lo más vulgar con atmósfera sensacionalista, amparándose en la simple sintonía y la curiosidad de la gente, medidas ambas en porcentajes. Así todo vale y cuánto más barato mejor. Los criterios de inversión no son transparentes y por momentos son subvertidos hasta llegar al absurdo, como por ejemplo cuando se paga a una vedette sueldos astronómicos en un horario de poca audiencia, con escasa producción y cuya lógica creativa no se ve ni se justifica. En ese contexto, las programaciones parecen más manotazos de suerte que productos bien diseñados y realizados. Por ello, la calidad no alcanza un valor específico, mas bien se la asume como si ésta fuese negativa, dada su aparente subjetividad. Además, si la empresa tiene el negocio seguro porque no hay Ley que le recorte tal mediocridad ni exigencia que lo motive a mejorar, no se esfuerza ni le importa la innovación. Las productoras independientes de televisión y radio deben forzadamente acomodarse al pobre juicio de calidad del medio, casi siempre circunscrito a “lo que le gusta a la gente”. De allí que haya tanta orfandad creativa, pues muchas de ellas suelen quebrar, sobretodo cuando tienen en sus filas a profesionales óptimos que emigran a otras carreras y territorios. Hay sin embargo, casos donde profesionales muy capaces se comprometen con esa lógica, autodestruyéndose en esa dependencia sin calidad [2] . Para los medios, cualquier persona puede ser guionista o creativo, si tiene algo de iniciativa, porque claro, en ese contexto no se necesita profesionalidad alguna.
La pobreza informativa del “rating” practicado en el país
Una medición acuciosa y seria de la respuesta del público podría valer de balanza para garantizar una calidad básica, además del monitoreo constante de la idiosincrasia de los géneros ofertados. En ese sentido, el oyente y el televidente requieren ser jueces, mostrar su satisfacción o cuestionamiento y en qué se sustenta, indicar cuándo han sido confundidos con una información, cuándo ésta le permitió identificar o comprender un problema privado o público o si le ayudó a resolver dudas sobre distintos temas, si hubo opinión manipulada o más bien esclarecedora, si pudo observar nuevos horizontes culturales, si logró descubrimientos éticos y estéticos, etc. No podemos negar que hay algunos indicadores de calidad del producto que también se pueden utilizar, cruzándose con los de la audiencia, los que se debieran formular detalladamente y aplicarse. Por ejemplo, un buen programa musical debe dar lo que realmente anuncia, si es referido al rock actual o si es del recuerdo, que así sea y la más representativa de esa época, con una locución informativa mínima. De hecho, los jóvenes rechazan las palabras necias de muchos diskjockeys. Si las telenovelas trabajaran bien sus escenarios, la actuación y los temas o narraciones de interés, serían interesantes y novedosas, seguramente también los públicos lo percibirían así, es más aprenderían más acerca del propio formato. Los programas infantiles si interesaran a los niños y son adecuados a su edad, si los promueven a ser creativos y solidarios entre ellos y los demás, habrían nuevos senderos de cambio. No se puede engañar a los ciudadanos, tampoco se les puede tratar como si no fueran inteligentes y capaces de opinar, exigir y progresar.
Pero, la realidad nos dice que la medición de audiencia más importante en el país, para empresarios y productores de medios como la televisión, es la realizada por IBOPE que utiliza un sistema electrónico de información a partir de chips colocados en 400 televisores de la gran Lima. Esta técnica tal como es aplicada, la calificamos como simplista e inapropiada para medir con precisión y finura la real audiencia de canales y emisoras, o de programas específicos. Nuestros argumentos principales son los siguientes:
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El requisito estadístico supuestamente representativo de la población limeña ha sido importado de la aplicación de encuestas y sondeos de opinión que generalmente indagan sobre reacciones de la ciudadanía frente a hechos, temas y personajes públicos, supuestamente comunes. Mientras que el objeto de cálculo en este caso son muchos medios y sus programaciones, diversas y complejas, no es precisamente un universo fusionado para ser aceptado o rechazado. No se puede ignorar, por lo tanto, que al estar el objeto de cómputo siempre fragmentado, habría necesariamente que recurrir a más informantes, constituyendo cada segmento del público y del objeto medido una muestra competente en sí misma, con su respectiva representatividad porcentual. Estamos ante una aplicación muy reducida y hasta equívoca del instrumento utilizado que requiere ser cambiada radicalmente.
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Es también preocupante que se mantenga un uso centralista del dispositivo ignorando no sólo a los ciudadanos provincianos, sino dejando de tomar en cuenta esas otras sensibilidades y definiciones culturales de los peruanos. Estaríamos ante una grave exclusión social y cultural. En ese sentido, Lima no es representativa de las diferentes regiones y grupos humanos existentes, no sólo porque se trata de una capital más o menos cosmopolita y profundamente urbana diferente a la urbe provinciana, sino porque en otros lugares del país la mixtura ya producida entre modernidad y tradición es diversa y altamente compleja, manteniéndose en continuo movimiento oscilatorio de cambios. En muchas de esas otras ciudades el campo está casi integrado a la ciudad. Y en el mundo rural que es también nuestro, aunque sean menos, la televisión llega a veces hasta con baterías y usando antenas y repetidoras costeadas por la propia gente del lugar.
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Los datos que se obtienen no diferencian a los que siguen un programa o un canal como públicos de un medio o programa, de la gente que prende el televisor como radio sin prestarle atención; tampoco se sabe cuántas personas lo están consumiendo, por ejemplo en algunos asentamientos humanos de Lima, una casa podría ser casi una sala de cine por la cantidad de familiares y vecinos disfrutando de un visionado televisivo. O en otros casos hay varios televisores y sólo se toma en cuenta a uno consumido por una persona.
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Desde el punto de vista técnico se desconoce si los 400 chips están funcionando o si algunos lógicamente se malogran. Cabe preguntarse cómo son sustituidos, si hay relación directa entre la empresa y esos 400 hogares, lo que podría dar margen a manipulaciones informativas o a convenios poco éticos. La corrupción que se vive en el país levanta suspicacias al respecto.
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Tampoco está claro cómo logran determinar la sintonía si se usa el control remoto que en muchos casos es asiduo. ¿Los sistemas y porcentajes que se utilizan son correctos cuando las lógicas cotidianas de vida usan diferentes ardides para manejarlos? Hay muchos casos en que los acuerdos familiares le dan cierto poder a algunos para usar el control sólo en momentos de publicidad que puede coincidir con un momento electrónico de medición. O que otros consumen por obligación, porque la autoridad es la que decide qué ver. Hay quienes “zapean” casi como un deporte, continuamente, sin que ello signifique afición alguna, entre muchas otras variables más.
Así con esa información, sólo se sabe cuántas familias de esas 400 tienen encendido su televisor y qué canales-programas sintonizan, pero no necesariamente se sabe si realmente se ve con relativa o gran atención. Menos aún si se aprecia lo que se consume o si le critica. Al anunciante debía preocuparle la atención y la satisfacción del público y no sólo el pase rápido o distraído por un canal o emisora. No se establece la distinción entre un simple consumidor errante, de un público aceptante y gratificado. No se conoce cuánta gente dejó de ver tal o cual programa y por qué. Dada la insuficiencia de la muestra no se puede tomar en cuenta las diferencias culturales existentes en Lima y provincias. Estamos ante una medición centralista y poco confiable. Por lo tanto su representatividad estadística y también cualitativa es cuestionable. Lamentablemente, tampoco se tiene una evaluación transparente de su funcionamiento técnico.
El otro método es el uso de encuestas. Cuando a la gente se le pregunta qué oye y ve cotidianamente en los medios audiovisuales, la respuesta lógica gira en torno a si consume o no la oferta a la que tiene acceso y en qué grado de diversificación. Y si a ello añadimos interrogantes sobre qué canal, emisora o programa prefiere o quién detenta la credibilidad, se harán las enumeraciones correspondientes, sin la menor posibilidad de hacer una apreciación crítica. De alguna manera, el modo de preguntar condiciona el tipo de respuesta. Nuevamente se privilegia el consumo, que es lo que la gente ve bajo la lógica de aprobación-desaprobación, que traducida a los medios es qué veo y qué no, o en el mejor de los casos, me gusta-no me gusta. Pero, en ningún momento se indaga sobre acuerdos y desacuerdos acerca de la oferta. Tampoco se busca que haya enjuiciamientos de diverso tipo a canales y programas. El público no es considerado censor, su opinión no está presente, son mediciones siempre en positivo. La participación descansa así sobre un sí o un no referido al consumo realizado, sin intervenir lo deseado. De esa manera la calidad de la oferta no es un objeto de análisis ni de medición. Y en algunos casos se indaga sobre la credibilidad, sin averiguar qué entiende la gente sobre esa palabra u otras como la independencia. Menos aún se considera obtener propuestas de la propia audiencia para mejorar la oferta. ¿Qué balance entre oferta y demanda se puede hacer con tanta información intrascendente?. Por ejemplo, es fundamental preguntar como referencia si se tiene acceso diario a cable y diferenciar el consumo de quienes sí lo tienen de aquellos que sólo muy rara vez accedieron al servicio. De esa manera se podrá obtener no sólo respuestas sino explicaciones acerca de los índices en la exigencia de calidad.
Finalmente están los Focus Groups que en el país han devenido en entrevistas colectivas similares a las encuestas, plagiadas de la publicidad, pues la lógica de lo que gusta y disgusta simplifica los análisis. No se coloca a la gente en el lugar de la crítica sino del aplauso o el rebote. Y el análisis cultural no tiene lugar, menos aún el educativo y el político. Nuestros medios carecen de proyectos culturales que los guíen, no deciden qué valor le dan a la tradición o la modernidad, cuánto apuestan por el cambio o por la promoción de valores, si buscan alentar el movimiento dinámico y creativo o si mas bien enfatizan la repetición por alguna razón específica, etc. Las interpretaciones sobre los resultados de estos estudios cualitativos suelen ser muy irregulares y ambivalentes, predominando el comentario casi literal de lo que la gente dice.
En las tres vías, los datos arrojados no colocan al medio en cuestión, no lo ayudan ni lo incentivan a mejorar sus atributos posibles. Menos aún son objeto de análisis desde sus públicos ni se permite el ejercicio de la crítica, tan saludable para el perfeccionamiento humano. En ningún momento se está apelando a conocer al sujeto de los medios y su opinión sobre la calidad de lo que recibe, sea cual fuese la categoría que se use para definirla. Es decir, la radio y televisión peruanas, con esa información no pueden ser interpeladas. Más bien son confirmadas y si alguna empresa baja su aceptación, tiende a imitar a quien le va bien sin cuestionar el propio modelo que le generó tal fracaso, pues es el mismo, sólo que fue mejor implementado. En conclusión la competencia por la calidad ha pasado a mejor vida. Es decir, el rating es sólo un indicador de la cantidad de hogares que tiene encendido el televisor o la radio. Las diversas formas de consumir y las apropiaciones y usos que la gente hace sobre lo que oye y ve no son materia de estudio alguno. Este rating, a pesar de su pobreza informativa es utilizado por los propios medios como argumento para decir que son los mejores o los líderes y que tienen la aceptación absoluta del público. Es increíble. No le sirve para verse a sí mismos sino para diseñar su propia publicidad; en algunas empresas esa medición es patrocinada y conducida por gerencias publicitarias del medio. Evidentemente, todo este comportamiento evidenciado en las mediciones refleja una subvaloración del público ciudadano, a pesar que los peruanos estamos siempre ansiosos por saber y avanzar. Ese desprecio por sus propios receptores ya evidencia un sentido de calidad aniquilado por sus propios gestores.
LAS LIMITADAS CONDICIONES DE PROTESTA DEL PÚBLICO DE LOS MEDIOS
Sin embargo, la afirmación que los peruanos gustan lo que ellos mismos critican, tiene algo de veracidad, aunque sea expresado como defensa de la propia mediocridad de los medios. La respuesta sin embargo, no es culpar a la gente sino tratar de comprender las condiciones en las que este consumo cultural ocurre. Queda, como reto en la discusión el comprobar la alta audiencia que tuvo el programa seriado llamado “Candamo”, de alta calidad cultural, técnica y comunicativa, proponiendo de manera sigilosa y magistral la defensa ecológica de esa zona virgen del país. Eso nos lleva a afirmar que el público sí sabe apreciar lo bueno en algunas oportunidades. Son esas sensibilidades las que hay que conocer mejor.
Los consumidores de medios lamentablemente se acostumbran a la mediocridad, más aún si no tienen otra elección posible. No puede exigir más si jamás ha comprobado que algo mejor puede existir. Desde ese encuadre instala sus rutinas de consumo de medios. Lógicamente ha venido comprendiendo que la televisión es así, el espectáculo, el humor, el melodrama, el informativo... el programa de radio musical, todos son como vienen, como podría ser el sabor de un alimento que siempre se ha comido de una determinada manera. Es desde allí que seleccionan lo que oyen y ven.. Pero cuando descubren otra oferta que entretiene y educa, se fascinan y enganchan en masa, así se explica el éxito de audiencia de “Candamo”.
A todos nos sucede en diversos campos, pues al toparnos con la creatividad no sólo vivimos gratificaciones o alegrías sino que dicha experiencia también involucra nuestras sensibilidades con nuevos aprendizajes. Pero si descubrimos algo de calidad sólo de vez en cuando y en un solo canal, se aprecia el producto, pero nuevamente la rutina mediocre nos envuelve, y termina adaptándose a lo que hay. No puede pedirle a los medios que cambien, que sean mejores, sólo puede lamentarse. Hay otras cuestiones básicas por las cuales pelear. Además sabe que no tiene poder alguno, y más en los medios. A través de los años los peruanos aprendimos que el entretenimiento produce aflojamiento divorciado de la exigencia. Y que el informativo debe ser emocionante y escandaloso para no dormirse de cansancio. Es decir, todo lo lleva fatalmente a una aceptación pasiva de una oferta que parece inalterable.
La vida cotidiana es altamente tensa y estresante en nuestras sociedades, los trabajos son difíciles de encontrar y mantener, los salarios y sueldos son escasos, la competencia desleal abruma a todos, la inseguridad está por todas partes, las familias viven tensiones y problemas internos a veces muy graves, las peleas, las deudas o los juicios con terceros están a la orden del día en muchos hogares o grupos humanos. Entonces, se busca desesperadamente la distensión, esa que no permite pensar, ni exigir. Tampoco pueden apagar el televisor o la radio, porque ¿con qué se quedan? Si estos medios ya son su rutina misma, es casi como dejar de comer. Gracias a esa perversa lógica de dependencia se informan mal y miran cualquier cosa aunque la critiquen, se ahonda así el círculo vicioso de la complicidad que sólo es rota cuando hay comunicación, oportunidad para expresarse y compartir, como cuando se les interpela a pensar y juzgar a los medios de manera libre. Es en ese campo que los peruanos se resignan, aunque vivan ese consumo con incomodidad.
Desde otro punto de vista podemos afirmar que cuando se consume medios cada persona se siente consumidor y en algunos casos público de algún medio o tipo de programa, pero no se percibe a sí mismo como ciudadano con derechos comunicativos. En nuestro país la protesta colectiva es más aceptada que la individual, por temores y sentimientos de baja autoestima personal, pero también porque los derechos individuales suelen tener escasa eficacia cuando se demanda respeto por ellos. Estos derechos a la información y la comunicación de calidad aún no han sido producidos en el país, ni se ha educado a nadie al respecto con suficiente coherencia. Pero si alguien menciona el tema o le preguntan sobre su opinión, entonces reaccionan con sentido crítico, piensan y hablan, se convierten en exigentes, fuera del lugar del consumo. Tampoco existe una maquinaria que facilite la participación. Lo hacen porque les agrada contestar preguntas y ser considerados como opinantes, a pesar que saben que lo que digan sirve poco para el cambio ante medios tan poco capaces de escuchar y transformarse a sí mismos. Estaríamos ante una dualidad real que requerimos cuestionar para salir adelante.
Hay decepciones significativas que han ocurrido, sin embargo y que cambian el panorama de los públicos de los medios. La corrupción acreditada en los “vladivideos” puso a los medios especialmente a la televisión y los periódicos “chicha” en la encrucijada de un juicio colectivo. Varios canales y hasta emisoras esbozaron su miseria moral, en un país con tanta pobreza y necesidad. Los billetes apilados, fruto de turbias negociaciones con los medios fueron como una latigazo a la dignidad. Los mismos defensores de la libertad de expresión, la vejaron. Los públicos entendieron que eso que vieron no era tan lógico o normal. Era entonces cierto que se manipulaba la información y la opinión, incluso se utilizaba a personajes con “rating” para cuestionar políticamente a alguien o darle legitimidad a otros. Se mintió sobre tantos políticos de oposición, hasta se fraguó un acto de violencia para cuestionar a un líder crítico del gobierno, destrozando la vida de peruanos comunes y concretos. Todo era adrede y no debía ser así. Las sospechas se instalaron en la subjetividad de casi todos los peruanos y los medios han perdido prestigio, a pesar de su autopresentación como víctimas en sus litigios penales.
HACIA NUEVAS RELACIONES DE CALIDAD ENTRE MEDIOS Y CIUDADANOS: La experiencia de las defensorías del televidente
Los medios deben conocer y respetar a sus públicos, entablar un diálogo permanente con ellos. El debate no se puede encargar exclusivamente a una empresa ajena; hace falta también que los productores con metodologías apropiadas evalúen al medio o programa con la gente, para recoger su vitalidad y obtener nuevas sensibilidades comunicativas. Para ello, la relación de “fans” no sirve, hay que tratarlos como ciudadanos con derecho a opinar y exigir, lo que supone un gran esfuerzo por asumirlos no como sujetos pasivos sino activos y crear el espacio de confianza suficiente para que la gente diga lo que piensa y siente, sin temor alguno.
En cuanto a la medición, en primer lugar, se requiere información detallada sobre el consumo practicado por las audiencias, con la mayor precisión posible, ubicando diversas tendencias según públicos diferenciados y en todo el país. Es también indispensable comprender lo que este consumo significa en las vidas de sus públicos, cuánto esperan de él, qué obtienen, cómo usan la información o el entretenimiento que reciben, qué aventuras creativas estarían dispuesto a disfrutar, de qué manera entienden la calidad comunicativa. La postura crítica del medio con respecto a sus públicos, ciudadanos, es también importante de guardar. Es decir, nos referimos a una relación que se basa en la responsabilidad mutua, teniendo los medios la iniciativa de motivar conocimiento y participación.
Son interesantes las experiencias de ombusdman en Estados Unidos, México, Brasil y Colombia, entre otros países. En la mayoría de los casos son los periódicos los líderes de este mecanismo participativo que le otorga protagonismo al lector. Es nuestro país no hay nada semejante. En Colombia hay también defensores del televidente, por exigencia de La Ley correspondiente. En general éstas se caracterizan por realizar dos tipos de funciones: recibir quejas y sugerencias del público, contestarlas, darles publicidad y comentarlas, discutiéndolas públicamente, en algún programa especial semanal, con amplia participación de quien desee llamar. Y en segundo lugar, procesar internamente lo sugerido por el público. Hay periódicos, por ejemplo en Brasil, que van más allá. Emiten diariamente un reporte crítico de lo que se publicó cada día, el que es repartido a todo el personal, y publicado en la página web, con un sentido audaz de transparencia, transcendiendo el nivel interno. O en Colombia se desarrollan talleres éticos con los periodistas siendo los frutos o aportes del lector un insumo para reflexionar y tomar decisiones. Es decir, le dan cabida a la crítica y respetan a sus públicos. El mejorar su calidad informativa y comunicativa, se convierte en un reto práctico, haciéndose cargo de las consecuencias que nacen de lo que ellos mismos emiten.
EL MARCO LEGAL DEBE ESTIMULAR CALIDAD EN LOS MEDIOS
Estamos todos de acuerdo que el Perú merece medios democráticos, independientes, honrados y de calidad. No podremos salir adelante y profundizar la democracia y la ética pública con esa tendencia panfletaria y escandalosa que hoy la televisión y algunas radios nos ofrecen. La creación de temas, intereses y acuerdos comunes es una condición indispensable de la vida cívica moderna, más participativa. Y los medios tienen allí una gran responsabilidad. Debieran ser los arquitectos de la esfera pública, mas bien hoy ofician de creadores del disenso. La calidad moral de un pueblo es un requisito fundamental para lograr esos consensos y vivir de manera dinámica y permanente la solidaridad. No es posible que haya series que elogien al vivo, al chismoso, al violento y hasta al corrupto. La sexualidad de la gente es un tema muy importante para la salud de todos y cargamos con graves problemas en el país, no es permisible que se trate y estimule sin norte alguno, ni asumiendo un tratamiento cuidadoso y orientador. La cultura no es un hecho dado, se va formando en el día a día. ¿Qué se está haciendo por mejorar?
La ley puede exigir defensores de televidentes y oyentes obligando a dar un espacio para el debate público. En el otorgamiento de licencias, la calidad informativa y comunicativa, probada con programas pilotos específicos, debe ser un requisito fundamental, el de más alto puntaje en los concursos públicos y en la renovación de licencias. Así será posible que más empresas compitan, que la gente joven pueda participar y se formen nuevas generaciones de guionistas, creadores, y realizadores en el país. Igualmente es posible que cada cierto tiempo se soliciten auditorías económicas y técnicas sobre las mediciones de audiencia. Y si se forma el CONARTE, éste puede ser el espacio para crear indicadores de calidad en discusión con todos los gerentes o productores de radio y televisión en Lima y provincias.
Si bien un marco legal no debiera decir específicamente como mejorar las mediciones de los medios ni qué es en concreto calidad comunicativa e informativa, sí debe crear condiciones y estímulos para que esta labor de medir la audiencia sea más orientadora para los medios de comunicación y para la ciudadanía en general. Es decir, se puede formular recomendaciones al respecto. La calidad de los medios debe ser garantizada en relación con sus públicos, entendidos como ciudadanos con derechos. Necesitamos aprender a ser una sociedad justa y participativa con la colaboración de emisoras de radio y televisión. Para ello, garantizar una competencia empresarial libre por la calidad, nos hará cada vez más responsables
PRESENTACIÓN
Si bien una ley no transforma la ética de una sociedad, ésta debe expresar la voluntad política de sus ciudadanos para construirla con sentido axiológico. Ahora sabemos cuán extendida está la corrupción en el país comprometiendo de diversa manera a muchas personas, ricas y pobres, capaces e incapaces, políticas y apolíticas, jóvenes y adultas, civiles y militares, sin distinción alguna. También aprendimos que ésta fue posible gracias a una organización eficiente de la misma, a un sistema de influencias políticas, judiciales y económicas debidamente calculado. Y en toda esa compleja maraña que aún no se devela en su totalidad ni se hace justicia con quienes delinquieron, tuvieron un gran protagonismo los canales de televisión y diversas emisoras distribuidas en todo el país, además de la prensa amarilla. Estos medios prevaricaron en dos niveles, vendieron su independencia por dinero y otros favores, para apoyar a un régimen autocrático y corrupto. Pero a la vez desde hace un buen tiempo venían ya erosionando la cultura ética y política de muchos peruanos con su mediocre programación, la frivolidad informativa y los discursos permisivos que sostenían. Su propio comportamiento era un símbolo, pues hacían lo que les venía en gana, sin respetar a nadie y colocando a la libertad de expresión como un simple escudo para protegerse de las críticas, premunidos de una gran irresponsabilidad. Aún hoy no aceptan que su negocio no es uno cualquiera y que las empresas de este tipo detentan aún más obligaciones sociales que muchas otras.
Los cambios a realizar en el país son difíciles y complejos. Pero, la ciudadanía en su conjunto está asumiendo que éstos son indispensables. Las instituciones plantean reformas y nuevas políticas públicas. El marco legal trata de afinarse para ser integral y consensuado. Proyectos tan ambiciosos como el de la descentralización ha empezado a asumirse. El Estado se remece con tantas sugerencias de cambio aún poco clarificadoras. Sin embargo, estos medios tan populares como la radio y televisión no se sienten interpelados, se les durmió la conciencia nuevamente en este proceso. Y a pesar de las imágenes probatorias de su miseria moral, actúan como si nada hubiese pasado. Más bien, algunos de ellos tratan de desanimar a la gente y confundirla desinformándola, siguen manejando a sus divos, ensalzando a sus vedettes, asociando la identidad peruana con la desvergüenza, cambiando unas novelas por otras similares como si fuesen diferentes, atosigando a los niños con violencia y erotismo temprano.
El proyecto de Ley de Telecomunicaciones aprobado en abril del año pasado duerme el sueño de los justos, por conveniencias políticas. Fue una propuesta negociada entre partidos pero que no resolvía problemas básicos que aseguraran cambios significativos como ya se han realizado en diversos países del mundo. Sin embargo planteaba algunas tímidas medidas, era un primer paso adelante. Hoy está encarpetada, mientras que la indignación de la gente frente a los medios crece, sin salida. Los mismos dueños, gerentes y operadores han silenciado su existencia impidiendo el debate público sobre dicho proyecto. Hay otras formulaciones legales sobre el tema que circulan sin conocerse. Aparentemente, nuestros empresarios massmediáticos prefieren vivir sin la ley. Si bien ésta nos protege y obliga a todos pues estamos en un estado de derecho, los medios audiovisuales no pueden librarse de un marco legal. No se trata de censura y control alguno. Mas bien estamos ante una necesidad de definir derechos y obligaciones de la radio y televisión para con los ciudadanos y el país.
Lo que este texto de la Veeduría Ciudadana de la Comunicación Social destaca es la urgencia de retomar la discusión del proyecto de ley, tanto en el Congreso como entre la gente, haciéndola lo más participativa posible. Por ello, expertos en el tema en el primer capítulo y ciudadanos comunes y corrientes en el segundo, nos presentan opiniones y sugerencias al respecto que espero sean útiles a la clase política, a periodistas y líderes de opinión, a los empresarios de los medios. Finalmente, presentamos un borrador sobre una nueva propuesta de ley de la Veeduría, más exigente y capaz de generar cambios en el destino de los medios como generadores de opinión pública y de intereses comunes que democraticen seriamente al país. Evitar la corrupción o castigarla es nuestro principal reto. Y generar una comunicación de calidad también. Ambos niveles se imbrican y con esperanza aguardamos que tendremos pronto una ley y a mediano plazo unos medios responsables de reconstruir el país desde sus conversaciones públicas con la ciudadanía.
* Directora Ejecutiva de la Veeduría Ciudadana de la Comunicación Social
[1] Ver en este mismo libro el capítulos referido a la consulta ciudadana “Ya no más basura”.
[2] Algunos estudiantes brillantes de facultades de comunicación que conocemos y han sido nuestros alumnos y perdieron en la televisión sus capacidades comunicativas, éticas y estéticas. Regresar a Artículos |