Sacudida sísmica, política y comunicativa
Rosa María Alfaro Moreno*

De víctimas a ciudadanos solidarios

Los medios de comunicación al momento del terremoto reaccionaron con escasa información. Nos asustaron al pedirnos calma sin orientaciones precisas ni convicción, alimentando sospechas de que venía algo peor, cuando las conexiones telefónicas dejaron de funcionar. Fueron momentos de terror y aislamiento. La gente arrodillada en las calles, entre gritos rogaba al cielo que terminara el sacudón y que protegiera a sus familiares. Los más desprotegidos no sabían qué hacer con paredes y techos que se venían encima, aplastando a su gente. Algunos medios y autoridades aseguraron tsunamis y maretazos, sin colocar reglas claras de prevención. Quizá los supuestos relámpagos no eran sólo fricción energética u otra explicación científica, sino el terror humano tan concentrado que se disparó. No estábamos preparados para orientarnos.

Ya ubicado el epicentro en el sur, nos mostraron cadáveres y heridos que aumentaron angustias colectivas, en ese modo que los medios saben hacerlo, entrevistando o recibiendo llamadas de víctimas desesperadas que suplicaban conmiseración. Pero, al bajar la tensión, nos dimos cuenta que estábamos ante una catástrofe, muy lejana a la vivida en otros territorios. Nuestra conciencia de estar salvos se orientó al lugar de la desgracia. Las imágenes iniciales, entonces, cobraron sentido. El presidente y algunos ministros se trasladaron a la zona. También periodistas, estudiantes, empresarios, sociedad civil, además portantes de otros países. Cada noticia aceleraba el ritmo de nuestra sensibilidad. En ese sentido, los medios fueron importantes, favorecieron este proceso de girar la mirada al sur. Pudimos empezar a superar ese clima de miedo que apela a la piedad. El sólo abrir micro, pantalla y cámaras permitió que cientos y miles de ciudadanos afectados apelaran a nuestra sensibilidad más razonable, ubicada en clave de solidaridad. Los ciudadanos del sur se transformaron en fuentes prioritarias de información. Fuimos descubriendo una escondida dimensión colectiva que nos hizo transitar del rol de espectadores y víctimas individualizadas a ser ciudadanos responsables, hermanos a favor de los más perjudicados. Al asumir juntos la desgracia estábamos ante un chispazo de nación posible.

A la vez los damnificados transitaron de su condición de víctimas a solicitar justicia, apelando a equidad en el reparto, denunciando desde protestas basadas en derechos, cuestionando al gobierno y hasta al Presidente por su incapacidad, sin miedo alguno. Empresas, gremios, familias, particulares, instituciones, captamos el mensaje, no sólo se trataba de ayudar por pena, sino un modo de cuestionar tanto despotismo. Las primeras reacciones de solidaridad extranjera nos movilizaron más. Aprendimos, entonces, que éramos ciudadanos de un Estado ineficiente y debíamos actuar de manera independiente. La queja es una expresión del débil frente al fuerte, para buscar su protección. Y a pesar que se sentían asustados, despojados y aislados sin ruta, nuestros paisanos del sur ya sabían por los medios que había ayuda y no se repartía bien, que las palabras no valían sino los hechos, que había responsabilidad concreta de las autoridades y de su desorganización. Sin haberlo planeado estábamos construyendo otros cimientos sociales frente a este desastre concreto, por lo menos en esa circunstancia éramos una comunidad posible. Y los medios de comunicación ante tanta desgracia supieron elegir esta vez, estaban con la gente concreta y no con el rating. No eran sólo públicos sino ciudadanos como ellos. De allí su defensa de la gente frente a políticos. Y a partir de ello quedó demostrado el desorden estatal. Fueron una correa de transmisión de solidaridad y demanda de justicia. Nunca hubo tanta participación ciudadana como en esa semana. Nadie planificó esta mutación, surgió sola. Algunos periodistas siguen hoy instalados en la zona, cumpliendo con su función noticiosa pero también humanista. Aprendimos que nuestro peor problema es la desorganización que apaga nuestros deseos de cambio. Sin embargo, debemos preguntarnos hoy ¿Habremos aprendido de lo que somos capaces de hacer? ¿Esa relación entre medios y ciudadanía continuará? ¿Cuánto más podremos hacer juntos? Los medios se dejaron capturar por la gente, los escucharon, sin alarde, ¿continuarán en esa perspectiva?

Intolerancia a la crítica: la verdad como amenaza

En el Perú reina mucha intolerancia a la crítica, especialmente en autoridades. El fujimorismo tuvo que comprar medios para evitarla. En esta catástrofe tal fenómeno se desvistió con la audacia de una vedette desesperada por el negocio del momento. El aparato estatal quiso ocultar su ineficiencia y cada cuestionamiento recibió como contraparte insultos o cuestionamientos a periodistas y damnificados. Sabemos que quien no admite sus dolencias jamás mejorará. La enfermedad es posible curarla cuando se la identifica. En este caso ni siquiera se admitió la evidente desarticulación entre poderes centrales regionales y locales, se echaban la culpa unos a otros. Se negó la verdad más palpable: esa desorganización política del país. Estamos ante un narcisismo tan simplista que debe esconder alguna enfermedad política más seria, hacinada de temores e inseguridad, con pérdida de ruta e incapacidad de mejorar. Sólo valientes y honestos reconocen sus errores y así pueden aprender. La ausencia de auto evaluación en la aparición pública es impresionante, especialmente en gobernantes.

Pero también es una dolencia empresarial, acostumbrada a defender y promocionar su imagen. Hasta hoy la Telefónica no admite sus fallas. De allí que el discurso de la defensa se trompeara públicamente con miles de acusaciones. Ese fue el verdadero tsunami político y social que debimos espectar. Leer los comunicados o avisos en nuestro país, ocasionan sonrisas, desde el inicio ya se sabe cómo va a seguir, en ese escenario del país de las maravillas que cada empresa dice ser. Es también casi una tradición para algunos medios, pues quien los cuestiona inmediatamente pasa a la fila de enemigos o desaparecidos, en la lógica de siempre. A nivel ciudadano, también supervivir significa decir "yo no lo hice" o "no sé nada", en lógica de sumisión.

¿Por qué nos cuesta reconocer que metimos la pata? ¿Acaso no es humano equivocarse? Lo que cambia es el grado de responsabilidad que unos tienen sobre otros y un gobierno no puede darse el lujo de negar su propia ineficiencia, más aún cuando todos sabemos que existe. Fue significativo que la presidenta Bacheler de Chile pidiera disculpas al país al colapsar su propuesta de transportes, reconociendo el error y trabajando otra alternativa. Alguna vez veremos algo así en el país. Porque a todo reconocimiento debe seguirle una corrección. Tanta solidaridad dentro de un plan de contingencia habría mejorado la situación si hubiese preparación. Quizá se deba a ese egocentrismo despiadado que personaliza la política donde el poder no es la ocasión de ayudar, organizar y construir futuro, sino de obtenciones aplausos y porcentaje de aprobación para poder seguir siendo autoridad. Al rechazar la crítica, decir la verdad importa pocop.. Quedar bien aún sigue siendo lo más importante. Cuanto hay por aprender.

La pobreza no es un dato estadístico

Lo que ésta y muchas catástrofes dicen es que los más afectados son principalmente los pobres. Era tan evidente. Ayudarlos en estas ocasiones es importante pero insuficiente. Ello es el origen de construcciones mal hechas, de desnutriciones y mortalidad, de esa precariedad para vivir con hambre y enfermedad, del alejamiento de gobernantes y el sistema político, en general. Incluso esa informalidad que tantos condenan es un recurso de supervivencia ante otra formalidad a la que no pueden acceder y que poco a poco va legitimándose a pesar de normas amenazantes y publicidad condenatoria. Esta podrá disminuir sólo con la eliminación de esa pobreza que incluso puede generar delincuencia. Si se resolviera, otras serían las reglas de juego. En Argentina, algún periodista descubrió la existencia de empresas globales que recurren a lo informal para abaratar sus productos y ganar más. Esa sí es una evasión ilegal, la de los que tienen dinero. Muchos periodistas, incluyendo a Beto Ortiz, tuvo la valentía de culpar a la pobreza de lo que hemos visto y sentido. Otros se quedaron en el acontecimiento.

Para entender debemos transitar de la solidaridad momentánea al compromiso con la justicia, que también es comunicativa, pues hay que colocarla como eje de atención pública y continua. Es el criterio más importante para medir el desarrollo. La pobreza se hizo ver esta vez, aunque pocos hablaron más a fondo de ella. Ojala el periodismo lo recupere para siempre. Imaginémonos por un momento lo que habría ocurrido si la pobreza no existiera y si el Estado asumiera su responsabilidad social con eficiencia. Todos tendríamos nuestras casas con todos los requisitos básicos de vivienda establecidos por la ley y un Municipio que lucha contra ella. Habría más fondos locales, más exigencia ciudadana. La prevención es importante pero más lo es la disminución de tanta exclusión. Por lo tanto, pobreza no es sólo un dato frío, ni tampoco un tema de expertos, es una responsabilidad social de todos. Esta es un resultado de la injusticia y desigualdad legitimadas que en estos días nos hizo sentir escalofríos. No podemos verla sólo como algo a resolver por derivación del crecimiento económico del país porque no es cierto. Recordemos que suele ocurrir en nuestro continente que a más dinero más pobreza y desigualdad.

Hace muchos años, en Brasil se efectuó una campaña comunicativa de múltiple participación contra el hambre y la pobreza, demostrando que ésta no es un problema de los pobres sino de todo el país. ¿Algún día haremos algo así? Hasta antes del terremoto, nuestros pobres estaban escondidos en cifras, visibles en crímenes y desgracias como víctimas o agresores, nunca como actores del cambio, salvo en algunos casos. Los medios debían comprometerse con esta exigencia urgente de luchar contra la pobreza y que la reconstrucción se base en un proyecto social incluyente empezando con los medios de comunicación. Prevenir así tendría otro sentido.

Cuando la visibilidad es más importante

La obsesión por la imagen también primó en algunos. Se sigue pensando ingenuamente que gobernar es aparecer en medios. La imagen debe ser un resultado y no un objetivo de gobierno. Por ello, cuando se apelaba a la ineficiencia desde el mismo lugar mediático, nuestro presidente se enojaba y lanzaba pataditas verbales contra periodistas medios y críticos, incluso dudaba de los damnificados.

El esfuerzo del presidente por estar en el ojo de la tormenta fue un éxito. Todo el mundo habla de él, pero mal. Se hizo más daño a sí mismo y con él al Estado. Escuchar y expresarse son dos dimensiones inseparables de la comunicación. Pero los oídos sesgan cuando la palabra de uno está sobrevalorada. ¿Qué habrá escuchado nuestro presidente? ¿Y qué percibieron autoridades, funcionarios y empresarios?

En las colas de donantes de sangre en Lima, congresistas y políticos hicieron su agosto. Gozaban cuando las pantallas mostraban sus brazos pinchados por la generosidad. La guerra de las divas del espectáculo, a tal cual peor, fue en ese sentido menos importante, como para olvidar. Felizmente esta vez fueron menos importantes que en otras ocasiones. Para muchos, la verdadera solidaridad es silenciosa y sencilla, esa que permite conversar entre ayudantes y ayudados.

El Estado se dio por vencido, sin patadita se va

El Poder Ejecutivo al no soportar tanta crítica, especialmente de los medios, perdió su lugar y lo está ofertando a otros. Suponemos que los gritos de los damnificados también lo hirieron en lugar de conmoverlo. Y ya tiró la toalla. Primero anunció que el Ejército se haría cargo, dándole loas, a pesar de la historia existente. Al día siguiente, se le ocurrió formar un grupo presidido de un zar, apelación autoritaria, debiendo ser empresario. Este es un buen momento para examinar con más crudeza lo que somos y se está haciendo.

Si el Estado no puede ¿qué sucede con la democracia?. Si no, para qué existen y por qué los financiamos. Deshizo con una mano lo que bien empezó el primer día en el lugar del terrible sacudón. ¡Qué locura! Ciudadanos y medios debemos unirnos para cambiar este triste final de opereta con olor a tragedia. Esperemos que lo repiense, ahora que hay más disponibilidad a ayudar. Es una oportunidad para redefinir al Estado.

*Educadora social y fundadora de la Asociación de Comunicadores Sociales Calandria

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